Nuestra Historia

En el corazón del desierto, donde el sol quema y el viento arrastra historias, un pueblo decidió no rendirse. Entre jaimas que resisten al tiempo y rostros perfilados por generaciones de exilio, nació una idea que no pidió permiso para soñar. Bajo el cobijo de una abuela que tejía sombra con sus manos y una madre que protegía la ternura en medio de las bombas, un niño observaba las botellas de agua vacías desperdigadas y amontonadas. Y vio cimientos de algo nuevo. Así nació SandShip, un proyecto, una declaración de vida, arquitectura de dignidad construida desde la escasez. 

 

Desde los campamentos de personas refugiadas saharauis construimos futuro con lo que otros desechan. Cada vivienda sostenible, cada jardín que brota en la arena, cada sistema diseñado con sabiduría local, es una solución, una herramienta. No levantamos estructuras para quedarnos en medio del desierto, sino para preparar el regreso. Porque cada ladrillo, cada sombra labrada, cada saber compartido, traza el mapa del retorno. No construimos por nostalgia. Construimos para sanar, para aprender, para liberar. 

 

Esta es la historia de cómo un pueblo expulsado de su territorio cultivó raíces y de ellas creció la comunidad. Es una historia de exilio, de resistencia creativa, de sueños con los pies en la arena. Cuando regresemos —porque lo haremos— no lo haremos con las manos vacías, sino con herramientas, con conocimiento, con dignidad. Y allí, en El Aaiún, en Smara, en Dajla, donde mi abuela tejía historias con el viento del mar, volveremos a sembrar vida. Porque el verdadero retorno no es solo físico: es espiritual, cultural y profundamente político. 

 

Raíces nómadas en la costa atlántica de Dajla

Mi historia comienza con mi abuela. Ella vivía libre en la costa atlántica de Dajla. Transitaba por el desierto con sus camellos y su rebaño de cabras. Conocía el lenguaje del viento, la paciencia del silencio y los secretos del pasto escondido entre dunas. Se desplazaba junto a su familia buscando agua y vida, de la misma forma que durante generaciones lo hicieran sus antepasados. Era una vida sencilla, tejida de sabiduría y dignidad, dónde no había casas fijas pero un hogar en cada rincón del desierto. La tierra les ofrecía lo necesario, y ellos y ellas respondían con respeto y gratitud. Aunque yo naciera mucho después en los campamentos, los relatos de mi abuela fueron mi brújula. Ellos me enseñaron que antes del exilio existió una vida libre, bella y estrechamente conectada con la naturaleza.  

1930-1975 

1976-03-12 

La invasión: el cielo convertido en el enemigo

A mi abuela se le llenaban los ojos de lágrimas cuando nos contaba como tuvo que cambiar para siempre su vida. Su paz desapareció cuando Marruecos y Mauritania invadieron el territorio saharaui. Por aquel entonces mi madre era apenas una niña. Tuvieron que huir, dejando atrás su hogar, sus animales, sus muertos todo. Recuerdo cómo describía el sonido de los aviones marroquíes bombardeando desde el cielo mientras corrían entre el horror y la arena. Perdieron a muchos familiares, seres queridos que quedaron bajo las bombas. Mi madre hoy todavía tiembla cuando escucha el ruido de un avión. El miedo, oculta herida que todavía arde en silencio, quedó tatuado para siempre en su alma. Aquello fue el inicio de un largo exilio. Y aunque yo no viví la huida, la siento mía, porque sus recuerdos me habitan como si yo mismo los hubiera vivido. 

La primera vivienda: un refugio levantado con dignidad

Mi abuela llegó sin nada, con lo puesto y su fortaleza. Atravesadas por todo tipo de carencias, ella y otras mujeres comenzaron a construir el primer refugio con lo único que tenían: sus melfas, la ropa tradicional saharaui. Sus coloridas telas sirvieron para alzar las primeras jaimas, símbolos de resistencia. No había madera, ni herramienta, ni protección contra el calor o el frío, pero había manos valientes, corazones decididos y una memoria colectiva que no se rendía. En aquel lugar que nadie dibujó en un mapa creció mi madre, pero creció en un hogar. Nos enseñó que la dignidad no depende de las paredes sino del amor con el que se levantan. Aquella jaima, refugio, era un acto de renacimiento.  

1976-07-20

1976-03-12 

La jaima de la memoria: de Dajla a Nápoles

Años más tarde en Italia, la jaima que yo levantaría con melfas en la Facultad de Arquitectura de Nápoles fue un homenaje a mi abuela. Me inspiré en todo lo que me había transmitido. En aquella instalación artística reviví cada recuerdo de mi abuela. Cada tela representaba la resistencia de las mujeres construyendo vida en el desierto. Cada nudo, una historia. Cada sombra proyectada por la luz, un recuerdo de aquellos días en qué todo escaseó excepto su fuerza y su unión. 

Yo, nacido en los campamentos sentía que estaba cerrando un círculo: la historia de mi abuela se proyectaba en el mundo a través de mis manos. Fue como si por un instante, ella estuviera allá conmigo, y entre las telas me mostrara su sonrisa. 

Mujeres de barro, viento y coraje

En los campamentos durante años las verdaderas arquitectas fueron las mujeres. Mi abuela, mi madre y tantas otras construyeron un nuevo mundo desde la nada. Con telas y postes levantaron jaimas y bajo el sol abrasador casas de adobe. Lo hicieron mientras cuidaban. Mientras protegían a sus hijos e hijas, cocinaban, curaban heridas y mantenían viva la cultura. No esperaron ayuda. Por eso hoy son también cimiento, columna y techo. No hay muro en los campamentos  que no hable de su esfuerzo. En cada rincón están sus huellas, huellas de manos anónimas, fuertes y sabias. Si hoy tengo un lugar al que llamar hogar, es gracias a ellas. Las mujeres saharauis edificaron una esperanza colectiva sobre la arena 

1989-02-04

Nacer y crecer en la resistencia

Cuando nací mi primer aliento fue de aire seco, caliente, lleno de polvo. Mi infancia transcurrió entre piedras, tormentas de arena y largos silencios que decían más que mil palabras. Aprendí a soñar con los ojos abiertos, a imaginar un mundo mejor mientras construía juguetes con cualquier cosa que encontraba. No había parques, pero sí un cielo inmenso. No había jardines, pero sí historias que florecían en las noches de luna. Crecer en un lugar así es un desafío constante, pero también un gran aprendizaje. Aprendí a valorar cada gota de agua, cada sombra, cada gesto de solidaridad. El desierto forja espíritus fuertes, y yo soy hijo de ese paisaje. 

Cuentos que sanan: la voz de mi abuela

Cada noche, mi abuela nos reunía a su alrededor para que escucháramos su historia. Nos hablaba de su tierra, de la huida, del miedo… y también de su renacer. Lo perdió todo, y aun así, volvió a sonreír. Sus palabras eran medicina. En su voz había dolor, sí, pero también orgullo, ternura y amor por su pueblo. Nos enseñó que la verdadera riqueza está en la dignidad, en la memoria, en resistir con tranquilidad. Cuando pienso en ella, recuerdo su risa, su mirada firme y su manera de hacernos sentir que aunque estuviéramos en un campamento, seguíamos siendo libres. Nunca olvidaremos sus cuentos. En ellos seguimos viviendo 

1987

La primera construcción firme y en colectividad

Con ayuda de los vecinos mi abuela y mi madre levantaron su primera construcción, una casa de adobe: cada ladrillo, una victoria; cada día, una batalla contra el sol, el polvo y la escasez. Sin arquitectos, sin planos, pero en comunidad, aprendí desde pequeño que construir no es solo levantar paredes.  Es tejer vínculos, compartir la escasez, sostenerse mutuamente. Aquella casa fue refugio y una declaración de existencia, un espacio donde siguió floreciendo nuestra vida. 

En un clima extremo

Crecí rodeado de tormentas de arena, cielos grises de polvo, lluvias escasas pero torrenciales. El clima en los campamentos no perdona. Un día puedes asarte bajo un sol implacable, y al siguiente correr bajo una lluvia que va arrastrando todo. La escasez de agua, el calor sofocante y los vientos agresivos marcan la piel y forjan el carácter. Vivir en este entorno me enseñó a ser resiliente, a buscar soluciones, a soñar con tecnologías adaptadas a nuestras realidades. El desierto me retó. Me inspiró. Porque la adversidad me enseñó a resistir, a imaginar, a crear. 

1997

El viaje que me abrió los ojos

A los ocho años viví una de las experiencias más felices e inolvidables de mi vida. Era la primera vez que salía del desierto, y la primera vez que salía del campamento. Viajé al Estado español gracias al programa “Vacaciones en Paz”, una iniciativa solidaria que brinda a los niños y las niñas saharauis la oportunidad de pasar el verano con una familia de acogida. 

Lo recuerdo con emoción: subí por primera vez a un avión, luego a un autobús. Todo era distinto, todo nuevo. Llegué a Rosselló, un pequeño pueblo de la comunidad de Catalunya. Allí una familia me abrió las puertas de su casa y  también las de la naturaleza y la ternura. Vi árboles verdes por primera vez. Por primera vez, pisé y toqué el césped, corrí entre parques, sentí el agua del mar en mis pies. Vivían conectados con la tierra. Cultivaban su propio huerto y con paciencia me enseñaron a sembrar, a cuidar, a esperar. Sentí que cada semilla era una promesa. 

 

1997

Una placa solar para los sueños

 

Regresamos a los campamentos repletos de nuevos aprendizajes, experiencias… y una  placa fotovoltaicaRecuerdo el momento en que nos llamaron para recogerla. Rodeado de mis compañeros y compañeras de viaje recogíamos un pedazo de futuro. Nunca olvidaré aquel día. !La primera placa, qué emoción! !Por fin tendríamos electricidad propia! Mi familia nos recibió con una alegría imposible de explicar con palabras. Fue el mejor regalo, sus rostros se iluminaron de esperanza. Aquello significaba poder cargar una batería, encender una luz por la noche, escuchar la radio, sentir que la vida en el desierto podía mejorar. Aquel panel solar era una chispa de autonomía en medio del desierto. Su energía encendió bombillas y sueños. 

2003

Alejarse del desierto, acercarse a las oportunidades

En los campamentos los estudios finalizan en la etapa de primaria. Continuar significa hacer las maletas, dejar atrás nuestras jaimas, nuestras familias… y el desierto. Así llegué yo al norte de Argelia, un lugar diferente, más verde, más frío, lleno de ruido… pero también lleno de oportunidades. Vivíamos lejos de casa la mayor parte del año, sólo regresábamos en verano para dos cortos meses. No resultaba fácil. Estudiar en escuelas argelinas suponía tener que  adaptarse a otra cultura, aprender en otro dialecto, vivir sin el calor de mi madre, sin los cuentos de mi abuela. Pero ellas  lo tenían claro: la educación era el único camino para cambiar nuestro destino. Ellas que lo habían perdido todo apostaban por nuestro futuro. Así aprendí que aunque el cuerpo esté lejos del desierto, el corazón puede seguir firme como una duna. Cada lección, cada examen, cada lágrima en soledad, cada esfuerzo fue una semilla para el mañana. Yo sigo andando ese sendero, por ellas, por mí y por todas las personas refugiadas  que no pudieron seguir estudiando. 

 

Una beca, un camino por la justicia

Porque crecí en un lugar donde la luz escasea, donde el sol nunca falla, la electricidad es un lujo y la necesidad de soluciones sostenibles es urgente, por esa razón elegí formarme en energías renovables. Estudiar en la universidad de Lamsila fue un acto de compromiso con mi gente y con el planeta…. Gracias a la beca DAFI de ACNUR, pude cubrir gastos, libros y cursos. Alguien debió de creer en mi capacidad para transformar la realidad de mi entorno. Aprendí sobre paneles solares, sistemas eficientes, alternativas limpias… y soñé con llevar todo ese conocimiento de vuelta a los campamentos y convertir cada rayo de sol en futuro. En cada clase pensaba en mi madre cargando baterías al sol, en mi abuela iluminando la jaima con una lámpara vieja, y sentía que estudiaba por ellas y por todos los que aún esperan una vida más justa. Porque para mí la tecnología en renovables es eso, justicia. 

 

2009

2013

La eficiencia energética, una misión

En 2013, viajé hasta el océano Atlántico con una beca Erasmus Mundus para estudiar un máster en Eficiencia Energética en la Universidad de Las Palmas de Gran Canaria. Fue una de las etapas más importantes de mi vida profesional. Europa fue un  cambio potente, un salto entre realidades bien diferentes, pero sobre todo una gran oportunidad. Aprendí nuevas herramientas, metodologías, y nuevas formas de pensar soluciones sostenibles adaptadas a diferentes contextos. Esta beca me abrió la mente y vi claramente que nuestras ideas tienen valor aquí y allá donde vayamos. Aprendí mucho a nivel académico y humano. La eficiencia energética dejó de ser una teoría y se convirtió en una misión: llevar luz, confort y sostenibilidad a quienes más lo necesitan. 

Construir pensando en las personas

Descubrí que el conocimiento está en los libros, en las aulas, y en nuestras manos. Aprendí a fabricar bloques, a trabajar con diferentes materiales de construcción, a entender la lógica detrás de cada muro y cada estructura. Fue una experiencia llena de significado. En cada ladrillo veía una oportunidad de crear, de innovar, de imaginar nuevas formas de habitar. Yo, nacido entre telas, conecté con esta etapa de autoconstrucción, donde la materia se transforma en refugio. Fue una lección de humildad, creatividad y responsabilidad. Construir es levantar paredes, pero sobre todo es pensar en las personas que van a ser acogidas en ellas. 

Conversaciones para una arquitectura humanista

Allí conocí al arquitecto José Antonio Sosa, profesor en la universidad, una mente brillante con la que tuve el honor de compartir muchas conversaciones, con la que tuve encuentros donde hablábamos de arquitectura, de diseño adaptado al contexto, de cómo las ideas pueden cambiar vidas. Aquello moldeó mi manera de entender el diseño. De él aprendí que la arquitectura debe ser ética, no solo estética; que diseñar para las personas más vulnerables es un acto de los más poderosos que puede hacer un profesional. Sus palabras, su visión crítica, su escucha dejaron huella en mí porque desde entonces, cada vez que pienso en un espacio lo hago desde esa mirada humanista que él me ayudó a desarrollar. 

Un proyecto nacido de agua arrasadora

Mientras estudiaba en la Universidad de Las Palmas de Gran Canaria llego una trágica noticia: en los campamentos de personas refugiadas saharauis una gran inundación había destruido el 80% de las viviendas. Y entre ellas, la de mi abuela. Que el agua se llevara lo poco que teníamos fue un duro golpe, y al mismo tiempo un punto de inflexión. Junto a mis profesores empecé a investigar y diseñar viviendas capaces de resistir el duro clima del desierto. La construcción que buscábamos debería ofrecer seguridad, ser digna y conectada al sentimiento de pertenencia. Nos inspiramos en las viviendas de adobe de las tribus nubias del sur de Egipto y en el trabajo visionario del arquitecto Hassan Fathy. Descubrí en esa arquitectura ancestral una sabiduría humana y ecológica, caída ya en el olvido. Aquello se transformó en el tema de mi Trabajo de Fin de Máster. Diseñé una casa que iba a responder al entorno, y nacer de él. Una casa como las de antes, pero con sueños de futuro. 

2015

Regresar para construir en colectividad

Regresé a los campamentos después de terminar mi Trabajo de Fin de Máster con la idea de construir la bóveda de mis sueños, una vivienda más adecuada para mi abuela. Pero los medios escasos del desierto, mi falta de experiencia y demasiada emoción a flor de piel no me facilitaron el éxito. Diseñarla sobre papel había resultado más fácil que convertirla en realidad.
Seguí experimentando y pensé en un techo vegetal. Recogí botellas de plástico, las corté, las llené de arena y semillas, y las coloqué sobre las chapas metálicas. Visualizaba un jardín en el aire a modo de protección del sol.
Pero no había calculado que el calor del verano iba a impedir que las semillas germinaran. No funcionó.
Seguí hasta que saltó la chispa: convertir las botellas en material de construcción. La fallida solución para el calor se había transformado en una idea de construcción sostenible, el primer ladrillo para construir un nuevo sueño.

Inicié la construcción rellenando botellas de plástico en soledad, rodeado de incrédulas miradas. Cuando uno sueña diferente, el mundo no aplaude de inmediato. Al principio algunas personas desconfiaron, otras se rieron, alguien me bautizó como el loco de las botellas, incluso mi propia familia me miraba con preocupación. No es fácil concebir la posibilidad de que una botella de plástico pudiera convertirse en ladrillo. Pero mi abuela necesitaba ya descansar por fin en una casa fresca, resistente, que no volara con el viento ni se deshiciera con la lluvia, una vivienda hecha con nuestras manos y nuestros recursos. 

Jugando a construir futuro

Curiosamente la magia de este proyecto fueron los niños y las niñas, que vieron las botellas, escucharon mi idea y comenzaron a jugar. En su juego traían botellas, se turnaban para rellenarlas, reían y preguntaban. Como caracteriza a los mas pequeños, no cuestionaron, no juzgaron, no dudaron. Fue un juego divertido. Transformador. La arena —nuestra eterna compañera de infancia, con la que dibujábamos mundos, construíamos castillos efímeros y trazábamos caminos en medio del desierto— la estaban convirtiendo en la base de un sueño real: un hogar. Con sus pequeñas manos estaban construyendo paredes y comunidad. Fueron sus miradas brillantes, su alegría y entusiasmo lo que yo necesitaba para seguir. 

Más tarde se implicaron sus madres, sus padres, …  Y así se transformó en un proyecto colectivo. La casa de mi abuela empezaba a florecer de entre las dunas. Incluso en el lugar más duro, con unidad, imaginación y voluntad, se puede construir un hogar 

 

 

Conseguí acabar la construcción. Lo hice por todo lo que amo, por mi abuela, por mi gente, por el desierto que me vio crecer, por todos los que habían soñado antes que yo, por todos los que habían resistido. 

 

La arquitectura no nace solamente de cálculos o herramientas. Nace de la necesidad, del compromiso con tu tierra y con tu historia.  

 

 

Siento que con cada botella rellenada, sembramos  esperanza, que este esfuerzo no termina en los campamentos, que las nuevas soluciones sostenibles harán el viaje de vuelta a nuestra tierra. 

Construir con el pueblo

Las personas adultas se acercaron, primero por curiosidad, luego con respeto, y al final con compromiso. Comenzaron a traer sus botellas. Algunas se animaron a llenar, otras observaron, de cerca para sentirse parte de algo que estaba naciendo. Cuando un sueño empieza a tomar forma, contagia. Y si ese sueño es colectivo, se vuelve invencible: aquella loca iniciativa, se había transformado en lugar de encuentro, colaboración y cambio, en un movimiento silencioso, cálido y humano. Recuerdo el día en que alguien me dijo: “Esto no es solo una casa, es una lección de vida”. Juntos estábamos construyendo una nueva manera de soñar en el desierto. Pensé que cada botella era una declaración: «se puede crear belleza incluso desde el desecho»   

 

Los sueños no tienen por qué tener paredes de hormigón para hacerse reales. Aquella construcción levantada con esperanza colectiva y mucho amo cobijó a mi abuela.  

La innovación abrió puertas

Un día personal técnico de la oficina de ACNUR vino a ver la peculiar construcción.  Observaron los muros con curiosidad y escucharon con respeto. Trataban de entender cómo era posible que unas simples botellas de plástico rellenas de arena pudieran resistir el clima del desierto. Finalmente la visita impulsó el proyecto hacia nuevas dimensionesLo presentaron ante el Centro de Innovación de ACNUR, y decidieron financiar la construcción de 25 viviendas más en todos los campamentosPasamos así de un experimento solitario, a una misión colectiva con alcance real. La esperanza se había institucionalizado, y el desierto empezaba a hablar otro idioma: el de la transformación con nuestras propias manos. 

La palabra, semilla

La palabra puede encender fuegos dormidos, por eso comencé a contar la historia. Visité centros culturales, sociales y escuelas. Compartí el origen del proyecto, los retos, fracasos y logros. Hablé sobre el potencial de las botellas arrojadas en el desierto. Podrían ser ladrillo, podrían ser techo, podrían inspirar una nueva manera de habitar. Imaginaron sus propias viviendas de otra forma y la  construcción en colectividad. Las botellas ya no eran residuos, eran posibilidad. Las personas más jóvenes se unieron también a la recogida y llenado de botellas.  

La financiación del proyecto trajo casas, trabajo, dignidad, autoestima. Por primera vez, los campamentos se convertían en un laboratorio vivo de sostenibilidad y creatividad. Allí donde antes solo veíamos basura, ahora veíamos futuro. 

 

Los sueños no tienen por qué tener paredes de hormigón para hacerse reales. Aquella construcción levantada con esperanza colectiva y mucho amo cobijó a mi abuela.  

Depender de nuestros propios recursos

Un gran reto también para los albañiles: botellas, arena, convicción y mucho ensayo y error. Sin manuales ni planos se enfrentaron a una técnica desconocida. El proceso lento, incierto, lleno de dudas y desafíos al principió, se fue convirtiendo en oportunidad de aprendizajes. 

Poco a poco, fuimos descubriendo los secretos de esta forma de construir, de esta arquitectura nacida del lugar, del clima, de nuestras realidades que no iba a depender del cemento importado, ni de tecnologías externas, sino de los recursos que siempre han estado a nuestro alrededor, esperando ser vistos con otros ojos. 

Cada muro levantado era también un muro que caía: el del escepticismo, el del miedo, el de la resignación. 

El sueño colectivo toma forma

Se construyeron veinticinco viviendas, veinticinco hogares circulares, respetuosos con el entorno y las personas. Construcciones que honran la estética ancestral de las jaimas. Sus formas circulares están pensadas para evitar la acumulación de arena y favorecer la ventilación. Los techos dobles con cámaras de aire actúan como un escudo contra el calor abrasador. El aislamiento con tierra y paja nos conecta con técnicas milenarias adaptadas al presente. 

Estas viviendas son símbolos de lo posible, faros en medio del desierto, monumentos a la creatividad saharaui. En ellas viven personas mayores, familias vulnerables, personas con necesidades especiales. Son símbolos de dignidad de un pueblo que, aun sin recursos, se atreve a soñar, a crear, a reinventarse. 

La financiación del proyecto trajo casas, trabajo, dignidad, autoestima. Por primera vez, los campamentos se convertían en un laboratorio vivo de sostenibilidad y creatividad. Allí donde antes solo veíamos basura, ahora veíamos futuro. 

 

Los sueños no tienen por qué tener paredes de hormigón para hacerse reales. Aquella construcción levantada con esperanza colectiva y mucho amo cobijó a mi abuela.  

Otro modelo de vida es posible

Esta foto muestra algunas de las muchas iniciativas que posteriormente surgieron en los campamentos. Utilizando esta técnica, algunas personas comenzaron a construir sus propios muros, y otras a levantarlos en menor tamaño para sus jardines, pero siempre reutilizando materiales. En los campamentos se desarrolló un debate colectivo sobre el medio ambiente, el diseño sostenible y la importancia del reciclaje Estaba creciendo una conciencia real. Recuerdo como aquellas personas hablaban, proponían ideas, experimentaban. Fue entonces cuando muchos empezamos a creer que otro modelo de vida era posible, incluso en medio de la dureza del desierto y la escasez de recursos. 

Poco a poco, fuimos descubriendo los secretos de esta forma de construir, de esta arquitectura nacida del lugar, del clima, de nuestras realidades que no iba a depender del cemento importado, ni de tecnologías externas, sino de los recursos que siempre han estado a nuestro alrededor, esperando ser vistos con otros ojos. 

Cada muro levantado era también un muro que caía: el del escepticismo, el del miedo, el de la resignación. 

Juegar con la Luz

Esta foto habla de algo más que de una pared construida. En los campamentos han surgido muchas iniciativas hermosas, pero esta tiene un valor especial. Gracias al evento del Sahara Maratón, que reúne a cientos de corredores y deja tras de sí una gran cantidad de botellas de plástico, decidimos dar un paso más: construir una vivienda para una guardería con muros luminosos, llenos de color. Un espacio donde  niños y niñas pudieran jugar, soñar y aprender rodeados de luz. Incluso en medio del desierto, con sus carencias, la creatividad y la solidaridad construyen belleza. 

Estas viviendas son símbolos de lo posible, faros en medio del desierto, monumentos a la creatividad saharaui. En ellas viven personas mayores, familias vulnerables, personas con necesidades especiales. Son símbolos de dignidad de un pueblo que, aun sin recursos, se atreve a soñar, a crear, a reinventarse. 

La financiación del proyecto trajo casas, trabajo, dignidad, autoestima. Por primera vez, los campamentos se convertían en un laboratorio vivo de sostenibilidad y creatividad. Allí donde antes solo veíamos basura, ahora veíamos futuro. 

 

Los sueños no tienen por qué tener paredes de hormigón para hacerse reales. Aquella construcción levantada con esperanza colectiva y mucho amo cobijó a mi abuela.  

Del Desierto al Mundo

Esta segunda foto se tomó en la Facultad de Arquitectura de la Universidad de Nápoles, en Italia, junto a estudiantes y profesores en una intensa y emocionante semana en la que a modo de experiencia piloto levantábamos un prototipo de construcción con botellas. Exportar esta idea fue sembrar fuera de casa. Personas de otro país se implicaban en esta forma de construcción sostenible, desde lo que otros llaman «residuos». Sentí que el mensaje tenía fuerza. Comprobé que soluciones nacidas de la escasez pueden inspirar al mundo entero. 

Poco a poco, fuimos descubriendo los secretos de esta forma de construir, de esta arquitectura nacida del lugar, del clima, de nuestras realidades que no iba a depender del cemento importado, ni de tecnologías externas, sino de los recursos que siempre han estado a nuestro alrededor, esperando ser vistos con otros ojos. 

Cada muro levantado era también un muro que caía: el del escepticismo, el del miedo, el de la resignación. 

Mi Viaje a Nuakchot

En esta tercera imagen estoy en Nuakchot, capital de Mauritania. Aquí participé junto a la organización ADRA en la construcción de una vivienda con el mismo principio: transformar lo que la ciudad desecha en espacios dignos para vivir. Las calles de Nuakchot también están llenas de botellas de plástico desechadas. Allá también demostramos que tenían un valor. Desde la primera vivienda levantada conjuntamente hasta hoy, el proyecto ha seguido creciendo. Ya hay construidas varias casas, incluso una escuela de idiomas. Saber que una pequeña chispa puede encender tantas luces me llena de emoción y responsabilidad. 

 

El viaje que transformó mi visión

Luego vino el viaje a Stuttgart, Alemania. Una oportunidad única que mi amigo y colega, Nadir Abdessamed, me brindó para explorar un mundo nuevo de ideas, tecnologías y filosofías alineadas con lo que yo siempre he soñado: un diseño arquitectónico funcional, que se adapte y respete el clima de nuestros territorios. 

Participé en talleres sobre diseño arquitectónico climático en la empresa Transsolar, referente mundial en eficiencia energética. Aprendí sobre cómo los edificios pueden responder inteligentemente al clima, aprovechando la energía solar, la ventilación natural y la capacidad de los materiales para regular la temperatura. Tuve la suerte de reunirme con los estudiantes y expertos de Transsolar Academy, donde compartimos conocimientos y experiencias. Estos talleres me ayudaron a mejorar las viviendas que estoy desarrollando para mi pueblo, y me ofrecieron nuevas perspectivas sobre cómo la arquitectura puede, de forma sencilla pero potente, armonizar con el entorno y mejorar la calidad de vida de las personas. 

 

2017

Aprendiendo de personas expertas en energías renovables

Una de las experiencias más enriquecedoras de mi estancia allá fue la visita con Nadir a una empresa de energías renovables. Aprendí sobre energías renovables y sobre cómo integrar estas tecnologías en los campamentos. Nadir Abdessemed y Monika Lauster me regalaron una estación meteorológica y sensores de temperatura para medir las condiciones térmicas de los materiales. También me obsequiaron libros de arquitectura y diseño, que me ayudaron a profundizar en soluciones sostenibles y adaptadas al clima. Este apoyo reafirmó mi compromiso con la innovación energética y la sostenibilidad en el diseño de viviendas para los campamentos  

 

 

Durante nuestras conversaciones, surgió el nombre del proyecto SandShip, una idea que representa nuestra visión de crear soluciones innovadoras y sostenibles, adaptadas a las necesidades de las personas refugiadas y el clima extremo del desierto. Este nombre quedó grabado en mi mente como un símbolo de esperanza, resiliencia y cambio para las comunidades saharauis. 

2017

Regresar con nuevas ideas

Cuando regresé llevé conmigo todas las ideas que había compartido con Nadir y que no se iban a quedar en meras discusiones académicas. Comencé a aplicarlas en mi hogar y en la comunidad. Creé espacios verdes en mi casa, plantando árboles y hierbas en la arena. Creé un pequeño microclima en mi propio hogar que buscaba regular la temperatura  y proporcionar sombra natural, algo imprescindible en los meses más calurosos cuando la sequedad y el aire cálido hacen insoportable cualquier espacio al aire libre. 

Con este nuevo enfoque, pude experimentar de primera mano los beneficios de trabajar con la naturaleza para crear ambientes más frescos y agradables, y cómo las plantas, el agua y las técnicas de enfriamiento pasivo pueden transformar un entorno árido en un lugar mucho más habitable. 

Enfriamiento radiativo en el desierto

 

Inspirado por las charlas y experimentos en Transsolar, comencé a experimentar con el enfriamiento radiativo en el desierto. Utilicé mini pozos de agua enterrados en la arena. La teoría científica de este concepto es simple: el agua, al estar en contacto con la arena caliente, se enfría a través de las ondas largas del cielo, sin necesidad de energía externa. 

Los resultados iniciales no fueron los esperados, pero en el proceso aprendí sobre la capacidad natural del cielo para enfriar, y cómo este fenómeno podría aprovecharse para diseñar soluciones de refrigeración más accesibles y efectivas. A base de ensayo-error aprendí sobre los principios fundamentales de la física del desierto, lo que me motivó a seguir buscando formas innovadoras para la mejora de las condiciones de vida en los campamentos. 

 

2017

Cenar inspiración en Nápoles

 

En Nápoles (Italia) tuve la suerte de compartir una cena con Fulvio, un diseñador que me invitó a su casa, construida hace muchos años con muros gruesos que reflejan el diseño tradicional adaptado al clima. Nos sumergimos en una conversación apasionante sobre el diseño de techos. Utilizamos servilletas para plasmar ideas sobre cómo estructurar techos que respondan de manera eficiente a las condiciones climáticas. Aquello me sirvió de inspiración para crear nuevas ideas. 

Antes de irme, Fulvio me regaló una tela que representaba la forma del techo sobre el que discutimos, gesto simbólico de lo que me había supuesto un aprendizaje de creatividad, de cómo las ideas más simples pueden acarrear soluciones innovadoras. 

El arte en el desierto

 

 

Conocí a Larbi Lehbiben los campamentos mientras él trabajaba en una de sus obras en su centro de arte. Larbi es un artista y un soñador obstinado. Estudió Bellas Artes en Cuba y regresó con un propósito: convertir los campamentos en un lienzo de esperanza. Cultiva flores donde solo hay arena, y pinta murales donde antes solo había muros vacíos. Junto a él, aprendí que el arte puede ser semilla, que se puede sembrar belleza, que incluso el desierto más hostil puede florecer con la visión adecuada. Compartimos largas conversaciones sobre arte, agricultura y diseño… y terminamos colaborando en varios proyectos que unieron nuestras pasiones. 

2017

Semillas de arena, raíces de sueños

 

 

Inspirado por Larbi y las semillas que me regaló, inicié mi propio experimento en el huerto de arena: brotaron plantas, flores, vida. Cada semilla, una victoria contra el olvido y la aridez. Larbi me enseñó que el desierto no es un lugar muerto, solo necesita manos valientes, paciencia y una mirada artística. Esa tierra, estéril para muchos, se convirtió en mi laboratorio de esperanza. 

La memoria viva del desierto

 

Más adelante, conocí al artista Mohamed Sulaiman, fundador de MotifStudio, otro faro de creatividad y conciencia cultural en los campamentos. Mohamed es historia viva del pueblo saharaui. Con él aprendí sobre las formas de vida tradicionales, los diseños, los símbolos, los colores que hablan y narran nuestra existencia nómada. Discutimos bajo las estrellas, en su casa, en mi patio, y también en unos encuentros en el estado español, en Navarra. Cada conversación fue un viaje al pasado para construir mejor el futuro. Su arte no solo embellece: preserva, recuerda y guía. 

2018-2023

1997-2024

Miguel, el campesino solar

 

Esta foto me conecta con una de las personas que más me ha marcado en la vida: Miguel. Lo conocí en 1997, cuando vine por primera vez al Estado español con el programa Vacaciones en Paz. Me acogió como a un hijo en su casa en Lleida, y desde entonces mantenemos una relación muy especial. 

Miguel no tiene títulos académicos, pero para mí es uno de los sabios más grandes que he conocido. Me enseñó a observar la tierra con respeto, a entender los ciclos de la naturaleza, a valorar el agua, a cuidar cada planta como si fuera parte de la familia. Me hablaba de energía limpia y de cómo vivir en equilibrio con el entorno, mucho antes de que estos temas fueran moda. 

Hoy, Miguel vive desconectado de la red eléctrica, con paneles solares y está pensando en instalar aerotermia. Siempre que hablo con él, sigo aprendiendo algo nuevo. Su forma de vida es sencilla pero enormemente coherente. Con él entendí que no hace falta una universidad para ser un maestro… A veces, el verdadero conocimiento se cultiva en silencio, entre la tierra y el sol. 

Tejer significados con Txema García

Txema García, escritor, activista ambiental, muy conectado con la tierra, también ocupa un lugar especial entre las personas que han significado mucho para mí. Me abrió las puertas de su casa en Bilbao más de una vez, y cada encuentro con él fue un viaje hacia lo esencial. 

Pasamos horas conversando sobre la identidad, sobre la cultura, sobre cómo nuestras raíces son parte de nuestra resistencia. Hablábamos del  patrimonio inmaterial, de la naturaleza como maestra, y de cómo todo esto podría integrarse en un proyecto que no solo construyera casas, sino que reconstruyera el alma de un pueblo. 

Mucho de lo que es hoy SandShip se nutre de aquellas charlas con Txema. Especialmente la idea de “el pozo”, esa rama del proyecto que busca profundizar en la sabiduría ancestral, en la memoria colectiva, en el conocimiento enterrado en el desierto. 

Con él entendí que construir no es solo levantar muros, sino tejer significados que conecten a las personas con su tierra, su historia y su futuro. 

 

2024

1997-2024

La nave del conocimiento compartido

 

 

En esta foto quiero compartir una parte muy importante del viaje de SandShip. A lo largo de estos años, he tenido la oportunidad de participar en talleres, charlas y actividades tanto a nivel nacional como internacional, colaborando con entidades académicas, culturales y sociales que me han inspirado profundamente. 

Desde organizaciones  e entidades como eACNUR o Saharako Kabiak, hasta encuentros en universidades y espacios comunitarios, incluyendo también los propios campamentos saharauis, cada experiencia me ha dejado algo valioso. Han sido espacios de intercambio en los que no solo compartí mis ideas, sino que aprendí muchísimo de los demás: estudiantes, expertos, activistas, y personas que, como yo, creen que el cambio empieza desde lo local pero con visión global. 

Estas conversaciones, talleres y colaboraciones han sido semillas que han enriquecido la visión de SandShip. Porque SandShip no es solo una idea mía: es una construcción colectiva, una red de voces que aportan desde diferentes rincones del mundo para imaginar soluciones reales, humanas y adaptadas al contexto. 

 

Un puerto global para SandShip en Sharjah

 

 

Participar en la Trienal de Arquitectura de Sharjah (Emiratos Arabes) fue una experiencia transformadora más. Entre exposiciones y diálogos, coincidimos artistas, arquitectos, investigadores y comunidades indígenas de todo el mundo, todos y todas unidos por una misma causa: resistir y crear espacios y soluciones frente al cambio climático, el colonialismo y la injusticia territorial. 

Me sentí muy conectado con personas de lugares tan lejanos como Chile, Australia, Gaza o Egipto. A pesar de las distancias, compartíamos un mismo lenguaje: el de la defensa del territorio, la memoria y los saberes ancestrales. Me impresionó una instalación de los pueblos originarios de Kimberley, en Australia, donde arte, ciencia y espiritualidad se entrelazaban como un acto de resistencia viva. 

Allí comprendí que la lucha del pueblo saharaui no está sola. Formamos parte de una red invisible de comunidades que diseñan desde la dignidad, que siembran futuro desde la raíz. SandShip nace en esa misma lógica: no como una excepción, sino como una voz más en ese mapa global de esperanza activa. 

 

2024

Ella no volvió, pero yo sí lo haré

 

 

 

Y así, entre casas que respiran con el desierto y pozos que guardan la memoria, levantamos algo más que estructuras: levantamos dignidad. 

SandShip no es un proyecto aislado. Es parte de un movimiento global de pueblos que resisten, que crean desde la escasez y que sueñan con los pies bien hundidos en su tierra. Pero en nuestro caso hay algo más todavía: una herencia que camina con nosotros, como lo hacía mi abuela, envuelta en su melfa azul, tejiendo historia con cada paso firme sobre la arena. 

 

Nosotros y nosotras, saharauis, no estamos aquí para quedarnos. No queremos eternizar el exilio. Queremos transformar la espera en preparación. Cada casa que se construye, cada jardín que florece, cada sombra que se siembra en los campamentos, lleva su huella. Ella no pudo regresar, pero yo sí. Y lo haré por ella, por todas nuestras abuelas que sostuvieron la vida en medio del desarraigo. Porque cada ladrillo que coloquemos será también un acto de amor, de justicia y de regreso.